Ensayo, Haiti, Julio 2009.
Leer artículo completo.El mundo de hoy se parece más a Haití que a Inglaterra. En los dos primeros la mayoría de la población siguen siendo campesinos. En ambos están migrando masivamente a las ciudades. Las instituciones de Estado son aún muy pequeñas en relación al PIB. En el último país ocurrió lo mismo, durante el siglo 18 y comienzos del 19. Hace mucho tiempo que allí no quedan campesinos y el Estado representa hoy más de la mitad del PIB.
Para los primeros puede resultar de interés conocer más acerca de la experiencia de los países que pasaron por ese trance durante el siglo 20. Se llamaron entonces subdesarrollados y ahora el mundo se admira de su emergencia potente. Está empezando a cambiar en su favor el equilibrio de las economías del mundo.
En todos ellos, la institución clave que dirigió su transición fue el Estado desarrollista. Los hubo conservadores y revolucionarios. Autoritarios y democráticos. Los inspiraron ideas de la ilustración, el patriotismo, el socialismo. También religiones venerables. Los iniciaron revoluciones populares, guerras de liberación nacional y movimientos militares progresistas.
También ejércitos extranjeros triunfantes en las grandes guerras. Las influencias externas fueron importantes, pero el Estado desarrolllista sólo pudo desplegarse cuando se liberó de ellas y pudo apoyarse en sus propias fuerzas.
Surgieron en la segunda década del siglo, los más tempranos y hacia los años 1970 o incluso después, los más tardíos. Ninguno, sin embargo, antes que los campesinos iniciaran allí su larga marcha dejando atrás sus formas seculares de vida y trabajo. Todos nacieron en circunstancias muy parecidas a las que Haití vive hoy día.
Los conformaron los mejores hijos hijos de cada pueblo sobre el trasfondo de masivas manifestaciones populares. Ellos comprendieron que sólo el Estado podía traer el progreso a sus pueblos sumidos en el atraso, la sumisión, la ignorancia y la insalubridad. El Estado debía sumir directamente las obras de progreso económico que en otras tierras habían sido creadas por actores sociales modernos que todavía no existían en sus países. Al mismo tiempo, comprendieron que su tarea principal consistía precisamente en crear esos actores. Especialmente, acompañar la transformación de sus campesinos en una fuerza de trabajo moderna, principalmente urbana pero en todo caso liberada de las trabas del campo tradicional, razonablemente sana y educada. Llamaron a eso progreso social y lo abordaron con masivas políticas públicas sociales, principalmente de salud y educación.
Todos partieron sin nada, sencillamente concentrando en el Estado las pocas fuerzas y cuadros que disponían. Allí se multiplicaron rápidamente. Adquirieron estatura e independencia de las viejas oligarquías conservadoras. En todos lados las barrieron definitivamente. A veces nacieron precisamente de esa manera, en otros casos completaron esta faena hacia el final.
Al cabo de varias décadas, todos ellos mostraban resultados bien impresionantes. Unificaron sus territorios con vías de comunicación terrestres, aéreas y electromagnéticas. Llevaron la energía hasta el último rincón. Crearon las industrias básicas. Construyeron todas las instituciones del Estado moderno.
Más importante todavía, enseñaron a leer y escribir hasta el más remolón de los hijos de su pueblo. Completaron su educación básica y en no pocos casos media. Los más avanzados han dado educación terciaria también a todos. Le dieron salud, nutrición y vivienda digna. Ese pueblo constituye hoy la base de la emergencia y riqueza de sus naciones. Los más potentes son aquellos que lograron eliminar la pobreza y establecer una muy buena distribución del ingreso.
Cuando esta labor estuvo completa, los mismos Estados desarrollistas giraron su estrategia hacia el mercado. Mal que mal, ningún mercado moderno puede funcionar sino sobre la base de una fuerza de trabajo urbana masiva, sana y capacitada. Casi todos hicieron ese viraje sin destruir nada de lo antes construido. Muy por el contrario, los Estados desarrollistas continuaron creciendo a la par con la riqueza de sus economías. Su obra en este terreno giró en buena medida hacia la protección, regulación y orientación de sus mercados ahora vigorosos. Sin embargo, nunca dejaron de hacer ellos mismos lo que los Estados hacen mejor en todas partes: mantener los modernos servicios públicos, algunos gratuitos y universales, que conforman los generosos Estados de bienestar que dan seguridad a sus ciudadanos y estabilidad a sus economías.
Sólo en unos pocos casos, por intervenciones externas pero principalmente porque sus pueblos cayeron presas del virus del fascismo y la guerra fría, el último giro coincidió con la destrucción y el desmantelamiento de lo que ellos mismos habían construido antes. felizmente, lo principal de la obra del desarrollismo fue irreversible en todas partes. Por eso, hoy día también estos países están abocados a la reconstrucción de lo que destruyeron y desmantelaron.
Un aspecto de especial interés para países como Haití, que tienen la suerte extraordinaria de contar con una población campesina libre que no ha sido expropiada de su tierra, consiste en que algunos de los más potentes países emergentes de hoy lograron hacer su transición sin expropiarlos jamás. Por el contrario, diseñaron una inteligente política de subsidios agrícolas, concebida primordialmente como una política social más que como política económica. La misma fue muy efectiva y a la vez poco costosa, permitiendo mantener un bienestar mínimo a la masa de la población campesina, al tiempo que los recursos del Estado desarrollista se concentraron en educar a sus hijos que migraban masivamente a las ciudades. Su fuerza de trabajo movió la potente industria y servicios creados inicialmente por el mismo Estado. Mucho más tarde, dieron base a sustentarlas en las fuerzas del mercado, a su vez regulado y protegido por el Estado.